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En 1986, Mons. Marcel Lefebvre denunció el encuentro interreligioso de Asís como una ofensa pública al primer mandamiento y al honor de Jesucristo. El artículo reconstruye su carta a ocho cardenales y la declaración posterior firmada con Antônio de Castro Mayer, y confronta sus acusaciones con las explicaciones de Juan Pablo II y el Magisterio de Pío XI. Examina la continuidad de esos encuentros, reivindicada por tres dicasterios en 2026, y el videomensaje conmemorativo de León XIV, que no menciona a Jesucristo. Su conclusión distingue la tolerancia de cultos ajenos de su promoción eclesial y cuestiona que una representación interreligiosa de la paz sustituya el anuncio sobrenatural.
La denuncia de Mons. Lefebvre sobre Asís: cuarenta años después, una advertencia plenamente actual —por Biblia y Tradición
Del primer mandamiento al «espíritu de Asís»: lo que las declaraciones de 1986 y los documentos de 2026 permiten concluir
Contenido del artículo ➕📄
I. AGOSTO DE 1986: EL PRIMER MANDAMIENTO, NO EL PROTOCOLO
II. OCTUBRE DE 1986: UNA JORNADA «EXCLUSIVAMENTE RELIGIOSA»
III. DICIEMBRE DE 1986: LA DENUNCIA DE UNA RUPTURA
IV. LA DISTINCIÓN DECISIVA: TOLERAR UN CULTO NO ES PROMOVERLO
V. DE UN ACONTECIMIENTO CONTROVERTIDO A UNA PRÁCTICA ESTABLE
VI. LOS TRES DICASTERIOS Y LEÓN XIV: LA INSTITUCIONALIZACIÓN ES EXPRESA
VII. LEÓN XIV: CUARENTA AÑOS DE ASÍS SIN NOMBRAR A JESUCRISTO
VIII. EL CRITERIO FINAL: EVANGELIZACIÓN O REPRESENTACIÓN DE LA DIVERSIDAD
CONCLUSIÓN. LA DENUNCIA SIGUE ABIERTA PORQUE ASÍS CONTINÚA
En 1925, Pío XI lamentaba que se silenciara el nombre de Jesucristo en las reuniones internacionales. En 2026, León XIV dirigió un videomensaje a la conmemoración del encuentro interreligioso de Asís, exhortó a continuar su camino y no mencionó una sola vez a Jesús, Cristo o Jesucristo. En lugar de presentar al Redentor como fundamento de la paz, expuso el diálogo, la fraternidad, la oración de los creyentes y el rechazo de la guerra como elementos definitorios del espíritu de Asís. La comparación importa porque aquel encuentro, celebrado por primera vez el 27 de octubre de 1986, había sido denunciado por Mons. Lefebvre como una ofensa pública al primer mandamiento y a los derechos de Nuestro Señor. Cuarenta años después, no se discute ya una ceremonia aislada: se examina una orientación religiosa institucionalizada y expresamente reivindicada por la Santa Sede. [1] [2] [3]
La cuestión afecta al testimonio público de la Iglesia. Cuando la autoridad católica convoca representantes de religiones incompatibles para que ofrezcan sus respectivas plegarias por un mismo fin, no realiza simplemente una gestión diplomática: dispone una manifestación religiosa, cuyos actos, signos y silencios transmiten una determinada concepción de la relación entre la verdad revelada y los otros cultos. Mons. Lefebvre advirtió ese problema antes de Asís y lo denunció después. Los documentos pontificios de 1986 permiten comprobar el procedimiento efectivamente previsto; los de 2026 demuestran la continuidad institucional del modelo y permiten medir cuánto espacio ocupa Jesucristo en su presentación pública. [3] [4] [5]
I. AGOSTO DE 1986: EL PRIMER MANDAMIENTO, NO EL PROTOCOLO
El 27 de agosto de 1986, desde Écône, Mons. Lefebvre escribió a ocho cardenales para pedirles una protesta pública ante la jornada anunciada por Juan Pablo II. La carta aludía también a otros actos interreligiosos del pontificado, pero señalaba con especial urgencia lo que estaba previsto para Asís: representantes de distintas religiones reunidos en la ciudad de san Francisco, distribuidos por espacios de oración y convocados para ejercer sus cultos en favor de la paz. El arzobispo no reaccionaba a un episodio ya consumado ni a una fotografía descontextualizada. Su denuncia precedía dos meses al encuentro y se refería a su organización anunciada. [3]
La afirmación fundamental de la carta se concentra en «le premier article du Credo et le premier commandement du Décalogue»: el primer artículo del Credo y el primer mandamiento del Decálogo. Mons. Lefebvre consideraba que ambos estaban siendo ultrajados públicamente por las acciones del sucesor de Pedro. La acusación tenía un contenido preciso. El Credo confiesa al único Dios verdadero, y el primer mandamiento ordena tributarle el culto debido. Una ceremonia religiosa exterior no es indiferente a esas verdades: expresa a quién se adora, de qué revelación se parte y ante qué realidad sobrenatural se sitúa el hombre. Reunir bajo una iniciativa pontificia actos cultuales fundados en creencias contradictorias afecta, por su propia materia, al testimonio religioso de la Iglesia. [3]
El documento culmina con una súplica dirigida a los cardenales «pour l’honneur du seul vrai Dieu, de Notre-Seigneur Jésus-Christ»: por el honor del único Dios verdadero, de Nuestro Señor Jesucristo. Estas palabras identifican exactamente el bien que el arzobispo creía comprometido. No pidió sustituir una diplomacia religiosa por otra más eficaz; pidió defender la confesión pública de Dios y de Jesucristo. Este es el criterio que debe presidir la valoración histórica de Asís: la fidelidad al primer mandamiento y a la misión recibida del Salvador, no la popularidad internacional del acontecimiento. [3]
II. OCTUBRE DE 1986: UNA JORNADA «EXCLUSIVAMENTE RELIGIOSA»
El propio Juan Pablo II fijó la naturaleza de Asís en la audiencia general del 22 de octubre de 1986. Lo describió como un acontecimiento de carácter religioso, «exclusivamente religioso», articulado en torno a la oración, el ayuno y la peregrinación. También explicó cómo se realizaría: las delegaciones rezarían separadamente en distintos lugares y, después, las plegarias de las diversas religiones se sucederían públicamente ante los demás participantes. La Santa Sede no convocó únicamente a expertos en mediación, representantes civiles o delegaciones humanitarias. Reunió a representantes religiosos precisamente para que oraran según sus propias tradiciones. El significado de la jornada debe juzgarse a partir de esa decisión. [4]
Juan Pablo II formuló una distinción que pasó a definir el acontecimiento: «estar juntos para rezar», no pronunciar una oración única común. La separación de las fórmulas impidió fundir las creencias en una liturgia compuesta. Pero no suprimió la unidad del programa, de la convocatoria, de la finalidad religiosa ni de la presentación pública de las plegarias. En Asís, personas que profesaban concepciones incompatibles de Dios, la Revelación y la salvación comparecieron sucesivamente como sujetos de oración ante una asamblea reunida por iniciativa del Papa. La pluralidad de cultos fue un elemento constitutivo del acto: cada religión se presentó con su expresión propia, y el conjunto recibió el marco de una jornada religiosa común. [4]
La misma audiencia contiene una confesión inequívoca: «Sí, sólo en Cristo los hombres pueden ser salvados». Juan Pablo II recordó Hechos 4,12 y proclamó a Cristo centro de la historia. Estas declaraciones forman parte del expediente, como también forma parte de él la ceremonia que organizó. Precisamente la coexistencia de ambas realidades determina la pregunta doctrinal: si solamente Jesucristo salva, ¿qué manifiesta una jornada patrocinada por su Vicario en la cual las oraciones de otras religiones ocupan una posición ceremonial reconocida dentro del mismo acontecimiento? La cuestión no se resuelve por la ortodoxia de una frase aislada, sino mediante el examen de la totalidad del acto público, de su objeto y de sus signos. [4]
En diciembre de 1986, Juan Pablo II ofreció a la Curia romana una interpretación de Asís fundada en la unidad del género humano y en el designio universal de salvación. La unidad de origen de los hombres y su vocación a la salvación no significan que todas las religiones participen de una misma verdad revelada ni que sus cultos sean igualmente verdaderos. En este punto se sitúa el tránsito decisivo: desde la existencia de una humanidad común hasta la presentación de plegarias doctrinalmente divergentes dentro de un acontecimiento religioso. La primera realidad pertenece al orden de la creación; la segunda exige un discernimiento específico sobre la fe y el culto. [5]
III. DICIEMBRE DE 1986: LA DENUNCIA DE UNA RUPTURA
El 2 de diciembre de 1986, Mons. Lefebvre y el obispo Antônio de Castro Mayer suscribieron en Buenos Aires una declaración conjunta. Su texto relata que desde Roma se les había preguntado si pretendían proclamar una ruptura con el Vaticano a propósito de Asís. Los prelados invirtieron el interrogante: juzgaron que debía examinarse si el encuentro manifestaba una ruptura de las autoridades romanas con la continuidad de la Iglesia. Su formulación fue inequívoca: «Le comble de cette rupture avec le magistère antérieur de l’Eglise s’est accompli à Assise». Traducido: «La culminación de esta ruptura con el Magisterio anterior de la Iglesia se ha producido en Asís». [6]
La declaración califica Asís como pecado público contra la unicidad de Dios, contra el Verbo encarnado y contra su Iglesia. Acusa a Juan Pablo II de alentar a las religiones falsas a practicar sus respectivas plegarias; contrapone esa acción a la labor de los misioneros y mártires que difundieron la fe verdadera, y atribuye a la orientación romana posconciliar el abandono de condenas doctrinales anteriores. La gravedad de la imputación es parte constitutiva del documento: reducirla a una simple discrepancia de sensibilidad litúrgica impediría comprender qué estaba denunciando Mons. Lefebvre. [6]
El juicio de los dos obispos se fundaba en una oposición entre dos hechos públicos. Por una parte, la Iglesia había anunciado durante siglos a Jesucristo como Salvador universal, llamando a la conversión y al bautismo. Por otra, el Romano Pontífice acababa de reunir oraciones de religiones diferentes en una misma iniciativa religiosa internacional. Mons. Lefebvre veía en ese cambio de actuación una alteración visible del testimonio católico. Es una acusación histórica y doctrinal identificable, cuyo fundamento debe contrastarse con la teología del culto y con el Magisterio anterior: precisamente el terreno al que remiten sus propios textos. [6]
IV. LA DISTINCIÓN DECISIVA: TOLERAR UN CULTO NO ES PROMOVERLO
Santo Tomás de Aquino enseña que la virtud de religión ordena al hombre a dar a Dios el honor debido (Suma teológica, II-II, q. 81). Al tratar sobre los ritos de quienes no profesan la fe, distingue la tolerancia de determinadas prácticas —por razones proporcionadas de gobierno y para evitar males mayores— de la adhesión a su verdad (II-II, q. 10, a. 11). Esta doctrina permite separar dos actos de naturaleza diferente: permitir que otras personas practiquen su religión y ofrecer a sus plegarias una plataforma religiosa organizada por la autoridad católica. La tolerancia no equivale a promoción; la libertad civil del otro no exige atribuir a su culto un reconocimiento espiritual semejante al que corresponde a la religión revelada. [7]
El Catecismo mayor de san Pío X explica, al desarrollar el primer mandamiento, los deberes de adoración y las prohibiciones relativas a la idolatría y la superstición. El Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2095-2099 y 2110-2113, conserva la enseñanza sobre la virtud de religión, la adoración y las prácticas contrarias al culto verdadero. El contenido común de ambas formulaciones ofrece un criterio: la sinceridad subjetiva de quien reza no basta para determinar el valor objetivo de cuanto su oración expresa. La persona y el acto religioso no son realidades idénticas; el deber de tratar a cada persona con justicia no convierte toda fórmula de culto en expresión verdadera de la Revelación. [8] [9]
Pío XI formuló el problema en términos que hacen especialmente importante su Magisterio para examinar Asís. En Mortalium animos (1928), n. 2, describió y rechazó iniciativas que reunían indiscriminadamente a creyentes de doctrinas diversas sobre el supuesto de que todas las religiones manifiestan, de alguna manera igualmente aceptable, una aspiración espiritual común. La encíclica aborda el falso unionismo, pero su advertencia inicial alcanza expresamente el modo de concebir las relaciones entre religiones distintas: el sentimiento religioso universal no puede colocarse como medida de la verdad sobrenatural. Un acto eclesiástico no se justifica doctrinalmente por reunir muchas tradiciones ni por invocar una finalidad común; su significado debe concordar con la Revelación que la Iglesia está obligada a confesar. [10]
Quas primas (1925) añade un criterio todavía más incisivo. Su n. 23 denuncia el proceso por el cual la religión cristiana fue colocada al nivel de religiones falsas; el n. 25 exige dar publicidad al nombre y a los derechos de Cristo precisamente cuando son silenciados en las reuniones internacionales. Pío XI vinculó expresamente la paz verdadera con el reconocimiento del reinado del Redentor. La comparación con Asís es directa en el plano doctrinal: allí donde el Magisterio tradicional reclamaba la confesión pública del señorío de Jesucristo, la práctica interreligiosa convirtió la oración de varias religiones en signo central de una empresa compartida por la paz. El problema no es la legitimidad civil de buscar la paz, sino el significado religioso del procedimiento elegido para buscarla. [2]
La distinción teológica conduce a un juicio claro. Una cooperación humanitaria entre personas de distintas creencias puede tener por objeto un bien temporal accesible a la razón natural. Asís fue definido por Juan Pablo II como un acto religioso y desarrollado mediante oraciones. Por eso no puede evaluarse exclusivamente por los beneficios civiles que se le atribuyan: pertenece también al orden del culto y del testimonio sobrenatural. La diferencia de objeto es decisiva. Si se omite, la utilidad temporal de la paz termina funcionando como argumento suficiente para promover públicamente expresiones de fe que se contradicen en puntos esenciales. [4] [7]
V. DE UN ACONTECIMIENTO CONTROVERTIDO A UNA PRÁCTICA ESTABLE
Asís no terminó en octubre de 1986. Juan Pablo II volvió a promover encuentros interreligiosos por la paz. Benedicto XVI, en una carta del 2 de septiembre de 2006, reconoció expresamente las reuniones anuales inspiradas por aquella iniciativa y organizadas por la Comunidad de Sant’Egidio; cinco años después intervino en la conmemoración del vigésimo quinto aniversario. Francisco respaldó la continuación de ese recorrido, y León XIV lo ha presentado como una herencia valiosa. La continuidad no procede de una interpretación hostil de los hechos: es parte de la narración oficial que los propios promotores hacen de su historia. [11] [1] [12]
En la trayectoria se advierte una transformación. En 1986 la Santa Sede se ocupó de explicar por anticipado el procedimiento, distinguir las plegarias y declarar la singularidad de Cristo. En 2026 se habla del espíritu de Asís como camino, método y patrimonio que debe proseguir. La repetición ha normalizado la fórmula original: dirigentes religiosos, oraciones según las distintas tradiciones, participación pública y un horizonte de paz compartido. La objeción formulada por Mons. Lefebvre contra aquella estructura ceremonial se extiende, por su propio contenido, a la reiteración y promoción de la misma práctica. [4] [11] [12]
VI. LOS TRES DICASTERIOS Y LEÓN XIV: LA INSTITUCIONALIZACIÓN ES EXPRESA
La prueba documental más concluyente de esa continuidad aparece en Un camino de esperanza, nota fechada el 16 de septiembre de 2026 y suscrita por los dicasterios para la Doctrina de la Fe, la Promoción de la Unidad de los Cristianos y el Diálogo Interreligioso. El texto declara que León XIV la aprobó y ordenó su publicación. Su n. 19 presenta la jornada del 27 de octubre de 1986 como episodio decisivo en la puesta en práctica de Nostra aetate y recuerda que los dirigentes religiosos se reunieron para orar por la paz expresando cada uno su propia fe. El n. 21 menciona la «lógica de Asís»; los nn. 21-22 vinculan explícitamente el diálogo con la misión evangelizadora. Asís figura así en un documento oficial como referencia positiva para orientar la actuación futura de la Iglesia. [12]
La nota no se limita a la valoración histórica. Su n. 46 llama al diálogo una dimensión esencial de la misión evangelizadora; el n. 48 ordena profundizar su enseñanza en seminarios e itinerarios pastorales; el n. 49 elogia proyectos comunes y «celebraciones compartidas» entre las iniciativas de las Iglesias locales, sin definir en ese pasaje el alcance litúrgico de esta última expresión; y el n. 50 reivindica explícitamente la dimensión espiritual del encuentro. La colaboración interreligiosa se incorpora, por tanto, al lenguaje de la formación, del apostolado y de la experiencia espiritual, no sólo al de los acuerdos civiles. [12]
La relación entre resistencia doctrinal y continuidad institucional resulta especialmente reveladora. El n. 44 reconoce dudas eclesiales ante el peligro de relativismo y dilución de la identidad religiosa. El n. 54 reclama abandonar determinadas lógicas de defensa y de conquista, y descarta el proselitismo concebido como única forma de acercamiento; el n. 57 presenta el legado interreligioso como «patrimonio vivo e irrenunciable», y el n. 60 exhorta a continuar el camino con determinación. La nota también afirma la necesidad de anunciar a Cristo y rechaza el sincretismo. Pero su decisión institucional está perfectamente identificada: conservar, profundizar y extender una orientación que incluye a Asís como modelo constitutivo. Las resistencias mencionadas no alteran ese programa. [12]
La valoración histórica queda, por consiguiente, cerrada en un punto esencial. Mons. Lefebvre exigió en 1986 que se detuviera una manifestación religiosa que juzgaba ofensiva para el primer mandamiento. En 2026, tres dicasterios, con aprobación pontificia, la integraron expresamente en una historia de renovación eclesial y proyectaron su continuidad. El acto denunciado no fue abandonado: pasó a ser un precedente normativo en la praxis interreligiosa. Esta conclusión se funda en las declaraciones de sus propios promotores, no en una hipótesis acerca de sus intenciones. [3] [12]
VII. LEÓN XIV: CUARENTA AÑOS DE ASÍS SIN NOMBRAR A JESUCRISTO
El videomensaje que León XIV dirigió al encuentro internacional de Asís el 27 de octubre de 2026 merece un examen independiente. En el texto oficial completo, desde el saludo hasta la última línea del cuerpo del mensaje, no aparecen «Jesús», «Cristo» ni «Jesucristo». No se proclaman la Encarnación, la Redención, la realeza de Cristo ni su mediación salvífica; no se anuncia la conversión ni el bautismo. El Pontífice elogia la fraternidad, agradece a Sant’Egidio y al Dicasterio para el Diálogo Interreligioso la continuación del camino, pide fomentar el espíritu de Asís, condena la guerra en nombre de Dios y presenta la oración como fuerza para la paz. Su cierre cita Mateo 5,9, una bienaventuranza de Nuestro Señor, pero no identifica a Jesucristo como autor de esas palabras. Es una ausencia textual comprobable en el documento pontificio dirigido precisamente a la conmemoración religiosa. [1]
La comparación con la carta de Mons. Lefebvre revela toda su gravedad. En agosto de 1986, el arzobispo pidió defender públicamente al único Dios verdadero y a Nuestro Señor Jesucristo. En diciembre, con Antônio de Castro Mayer, acusó a Asís de atentar contra la unicidad divina y contra el Verbo encarnado. En octubre de 2026, el sucesor de Pedro reivindicó la iniciativa cuyo objeto religioso fue cuestionado entonces, pero omitió toda proclamación explícita del Salvador. La omisión no es una suposición sobre lo que León XIV piensa privadamente: es el contenido efectivo de una comunicación pontificia cuyo tema era la oración interreligiosa y cuyo destinatario era una asamblea de dirigentes religiosos. [1] [3] [6]
El contraste se refuerza al introducir el discurso de Juan Pablo II de 1986. El organizador de la primera jornada proclamó expresamente la salvación únicamente en Cristo cuando presentó Asís; cuarenta años después, León XIV celebró esa misma tradición sin nombrarlo. Los textos documentan una diferencia en la confesión cristológica pública que acompaña la convocatoria. Lo que en 1986 aparecía articulado con explicaciones doctrinales se expone en 2026 mediante un lenguaje de oración, fraternidad y paz que puede ser asumido por los participantes de otras religiones sin reconocer la divinidad de Jesucristo. [4] [1]
La comparación resulta todavía más incisiva al recordar Quas primas, n. 25. Pío XI reclamaba una afirmación pública más vigorosa de los derechos de Cristo cuanto mayor fuera el silencio sobre su nombre en las reuniones internacionales. Un siglo después, un Papa participa mediante videomensaje en la conmemoración religiosa de Asís sin mencionar a Jesucristo y exhorta a prolongar su espíritu. El contraste entre ambas actuaciones es documental, inmediato y teológicamente significativo. En el mensaje conmemorativo del cuadragésimo aniversario, el nombre del Salvador está ausente; la continuidad del espíritu de Asís, en cambio, es afirmada y recomendada. [2] [1]
VIII. EL CRITERIO FINAL: EVANGELIZACIÓN O REPRESENTACIÓN DE LA DIVERSIDAD
El mandato de Cristo a los apóstoles es anunciar su Evangelio, hacer discípulos y bautizar a las naciones (Mt 28,19-20). San Pedro proclama que la salvación se encuentra únicamente en Jesucristo (Hch 4,12). La propia Nostra aetate, n. 2, conserva la obligación de anunciarlo; Evangelii nuntiandi, n. 14, identifica la evangelización como misión esencial de la Iglesia; Redemptoris missio, n. 55, distingue la relación del diálogo con la misión; y Dominus Iesus enseña la unicidad y universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia. Esas afirmaciones no se satisfacen mediante la mera presencia de autoridades católicas en un encuentro internacional. Para anunciar explícitamente a Cristo es preciso presentarlo como el Señor y Salvador que la Iglesia predica. [13] [14] [15] [16]
La estructura de Asís responde a otro procedimiento: convocar representantes religiosos para que, permaneciendo cada uno en su confesión, expresen sus respectivas oraciones y converjan públicamente en el deseo de paz. La finalidad inmediata de esa ceremonia no es proponerles el bautismo ni anunciarles que Jesucristo es el único Salvador. Se trata de una acción religiosa de convergencia entre tradiciones, y su continuidad es defendida institucionalmente como un método. Por eso resulta improcedente presentar su dimensión espiritual como si fuera, por ese solo hecho, evangelización en sentido propio. La cooperación entre personas de distintas religiones no predica automáticamente el Evangelio; la multiplicación de ceremonias tampoco transforma su objeto. [4] [12]
La crítica de Mons. Lefebvre apunta precisamente a esa inversión de prioridades visibles. El testimonio sobrenatural pasa a segundo plano en una representación religiosa cuyo signo principal es el encuentro de los diversos cultos por una finalidad temporal. La doctrina católica sobre la paz no autoriza a sustituir la confesión del Redentor por la exhibición concordante de creencias contradictorias. La paz social puede buscarse en el terreno de la justicia y de la cooperación civil; una reunión definida como religiosa debe responder, además, a la verdad del culto y al mandato de anunciar a Jesucristo. Allí se encuentra el límite que la práctica de Asís ha puesto a prueba desde su origen. [2] [3] [4]
CONCLUSIÓN. LA DENUNCIA SIGUE ABIERTA PORQUE ASÍS CONTINÚA
Los hechos establecen una secuencia sin lagunas esenciales: Mons. Lefebvre denunció anticipadamente Asís por referencia al primer mandamiento; Juan Pablo II organizó la jornada como acontecimiento expresamente religioso y dispuso la presentación sucesiva de plegarias de diferentes confesiones; Mons. Lefebvre y Antônio de Castro Mayer condenaron después el acto como culminación de una ruptura con el Magisterio anterior; los encuentros fueron repetidos y promovidos por sucesivos pontífices; finalmente, en 2026, tres dicasterios con aprobación de León XIV reivindicaron aquel precedente y su continuidad. El videomensaje pontificio del cuadragésimo aniversario no pronunció una sola vez el nombre de Jesucristo. [3] [4] [6] [11] [12] [1]
La advertencia del arzobispo ha sido confirmada en su objeto histórico central: la promoción pública de plegarias de religiones diferentes bajo patrocinio católico dejó de ser un acontecimiento singular y se convirtió en un método estable de relación religiosa, reconocido oficialmente como parte de la orientación pastoral posconciliar. Ese proceso no se desmiente proclamando ocasionalmente la singularidad de Cristo; debe juzgarse por los actos que efectivamente se repiten y por el testimonio religioso que ofrecen. La unidad natural del género humano no equivale a la unidad sobrenatural de la fe; la tolerancia de los cultos ajenos no equivale a su promoción; la cooperación por la paz no equivale al anuncio de la salvación. Ninguna de esas distinciones desaparece por la reiteración institucional de Asís.
La comparación final es especialmente elocuente. Pío XI reclamaba que el nombre del Redentor resonara con más fuerza cuando era silenciado en las reuniones internacionales. Mons. Lefebvre suplicó que se defendiera públicamente su honor frente a Asís. León XIV, en el aniversario de aquella iniciativa, recomendó continuar su espíritu sin nombrar al Salvador. No es una mera diferencia de estilo: es una diferencia comprobable en el contenido de la confesión pública que acompaña a un acto interreligioso. La Iglesia recibió de Jesucristo la misión de anunciarlo a todos los pueblos, no la de convertir la pluralidad de los cultos en el centro visible de una espiritualidad internacional por la paz. Mientras el espíritu de Asís continúe siendo promovido como modelo religioso y Jesucristo pueda quedar ausente incluso del mensaje pontificio que lo conmemora, la denuncia de Mons. Lefebvre conservará toda su actualidad.
Formato de cita recomendada: Alejandro Villarreal. La denuncia de Mons. Lefebvre sobre Asís: cuarenta años después, una advertencia plenamente actual. León, Guanajuato, México. Biblia y Tradición, 2026. https://bibliaytradicion.com/2026/10/30/la-denuncia-de-mons-lefebvre-sobre-asis-cuarenta-anos-despues-una-advertencia-plenamente-actual/
Notas y fuentes documentales ➕📚
[1] León XIV, «Videomensaje a los participantes en el Encuentro Internacional “Paz desarmada y desarmante”», Asís, 27 de octubre de 2026. Fuente primaria, versión española. La constatación sobre la ausencia de los nombres «Jesús», «Cristo» y «Jesucristo» se refiere específicamente al texto de este videomensaje, no a toda la enseñanza de León XIV. El texto termina citando Mt 5,9.
[2] Pío XI, encíclica Quas primas, 11 de diciembre de 1925, nn. 1, 23 y 25. El n. 23 denuncia la equiparación pública del cristianismo con religiones falsas; el n. 25 denuncia el silencio del nombre de Cristo en reuniones internacionales y exige proclamar los derechos de su realeza. Fuente primaria, versión española.
[3] Marcel Lefebvre, carta a ocho cardenales, Écône, 27 de agosto de 1986. Texto francés difundido por La Porte Latine, con el listado de destinatarios. Las traducciones de los pasajes citados en el artículo son propias.
[4] Juan Pablo II, audiencia general, 22 de octubre de 1986, nn. 1-5. Fuente primaria sobre el carácter expresamente religioso del encuentro, su estructura de plegarias diferenciadas y la afirmación de la salvación solamente en Cristo.
https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/audiences/1986/documents/hf_jp-ii_aud_19861022.html
[5] Juan Pablo II, discurso a la Curia romana, 22 de diciembre de 1986. Reflexión pontificia posterior sobre la jornada de Asís. Fuente primaria, versión italiana.
[6] Marcel Lefebvre y Antônio de Castro Mayer, declaración conjunta, Buenos Aires, 2 de diciembre de 1986. Texto francés difundido por La Porte Latine. La calificación de Asís como pecado público y ruptura es un juicio expresamente formulado por ambos prelados; las traducciones empleadas son propias.
[7] Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, II-II, q. 81, aa. 1 y 7, sobre la virtud de religión; II-II, q. 10, a. 11, sobre la tolerancia de los ritos de los infieles. Texto de consulta:
https://www.newadvent.org/summa/3081.htm
https://www.newadvent.org/summa/3010.htm#article11
[8] San Pío X, Catecismo mayor, parte tercera, capítulo II, § 1, sobre el primer mandamiento, especialmente preguntas 350 y siguientes en la numeración italiana. Edición italiana reproducida por Museo San Pío X:
[9] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2095-2099, 2110-2113, sobre la virtud de religión, la adoración y las prácticas contrarias al primer mandamiento. Fuente primaria, versión española.
https://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p3s2c1a1_sp.html
[10] Pío XI, encíclica Mortalium animos, 6 de enero de 1928, especialmente n. 2 sobre reuniones religiosas y la tesis de equivalencia de las religiones; el resto del documento desarrolla principalmente la cuestión del falso unionismo cristiano. Fuente primaria, versión inglesa de la Santa Sede.
[11] Benedicto XVI, carta al obispo Domenico Sorrentino en el vigésimo aniversario de Asís, 2 de septiembre de 2006. Describe expresamente las reuniones anuales organizadas por Sant’Egidio y reconoce la continuidad de la iniciativa. Del mismo autor, intervención en la jornada de Asís del 27 de octubre de 2011. Ambas son fuentes primarias en español.
[12] Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y Dicasterio para el Diálogo Interreligioso, nota Un camino de esperanza. Sesenta años de diálogo y fraternidad interreligiosa a la luz de la Declaración conciliar Nostra aetate, 16 de septiembre de 2026. Especialmente nn. 19, 21-22, 44, 46, 48-50, 53-54, 57 y 60; aprobación pontificia consignada al final del documento (audiencia del 22 de junio de 2026). Fuente primaria, versión española.
[13] Concilio Vaticano II, declaración Nostra aetate, 28 de octubre de 1965, n. 2, sobre la presencia de elementos de verdad en otras religiones y la obligación de anunciar a Cristo. Texto oficial español.
[14] Pablo VI, exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, 8 de diciembre de 1975, n. 14, sobre la evangelización como misión esencial de la Iglesia. Texto oficial español.
[15] Juan Pablo II, encíclica Redemptoris missio, 7 de diciembre de 1990, n. 55, sobre diálogo interreligioso y misión ad gentes. Texto oficial español.
[16] Congregación para la Doctrina de la Fe, declaración Dominus Iesus, 6 de agosto de 2000, introducción y capítulos I, III y VI, sobre la unicidad y universalidad salvífica de Jesucristo y la Iglesia. Texto oficial español.



